Uganda: Vencer el SIDA

(…) Piensa”, me dijo don Giussani una vez, “¡aunque tú hubieras sido la única criatura del universo Dios habría venido igualmente a morir por ti! ¡Solo por ti!”. Dios toma alguien como yo que soy nada y lo salva. Que Dios hubiera venido a la tierra incluso solo por mí, es algo que me conmueve cada vez que lo pienso». 

Rose 

Foto: D Giussani y Rose  (2000),
extraída de http://fontanavivace2.altervista.org/?p=106

 

 

Las rosas de Kampala (Extraído de la Publicación “30 Días” de Gianni Valente, Abril)

En los barrios pobres de la capital ugandesa el brote de la esperanza en un grupo de mujeres contagiadas por el sida. Historia de Rose y de sus amigas

La colina de Kireka no es como las otras. En las siete colinas del centro de Kampala, las casas de los ricos y los compounds blindados de los extranjeros y los políticos ocupan firmemente las cimas. Parecen islas suspendidas flotando en el mar de barro, hombres, hojalatas y miseria que pululan allá abajo, en los barrios de chabolas amasadas entre una colina y otra, como si fueran cúmulos de detritus recogidos en el valle después de una tormenta africana. En Kireka, en cambio, las barracas de los pobres, alimentadas por las oleadas de fugitivos de guerras olvidadas, han expugnado también la cima. Hasta instalarse en los bordes de la cantera, que allá arriba se ve abierta como una inmensa herida.

Allí, junto a los demás, está también Agnes con sus hijos. Martillea las gruesas piedras que su marido ha arrancado antes de las paredes de roca para desmenuzarlas en grava y venderla a los camiones de las empresas de construcción. Por lo general, desde la mañana hasta la noche, el silencio de aquel terreno desolado queda roto solo por los golpes de maza de mujeres y niños agachados picando piedras por pocos céntimos al día, lo mínimo para seguir viviendo. Si le preguntas qué tal, te dice con un hilo de voz que las cosas empeoran, que el precio de la comida sube cada día, pero el de las piedras no. Sin embargo, hoy por el camino que sube desde el pueblo se oye llegar un sonido distinto: coros y gritos, carcajadas, canciones rítmicas. Hasta que en la cantera desemboca un pequeño grupo vociferante y festivo. Decenas de mujeres con tambores de calabaza improvisados se ponen a bailar y cantar precisamente allí, en medio del hormiguero humano quemado por el sol del ecuador. En un momento dado, incluso Agnes se deja arrastrar por aquella energía contagiosa: deja a un lado la maza, se sacude los pensamientos de la cabeza y se pone a bailar. Y cuando Massimo la fotografía se echa a reír acordándose del diente que le falta justo en el centro de la boca.

El grupito de mujeres que bailan y cantan podría parecer un espejismo que llega de quién sabe dónde. Pero aquí las conocen todas: son Alali, Janet, Agnes, y todas las demás mujeres del Meeting Point International. Viven también ellas en las barracas de barro, ladrillos y hojalata esparcidas por la colina. Y junto a la miseria de todos, tienen en común también el hecho de haber sido contagiadas por el sida. La mayoría se habían quedado en los huesos, pesaban treinta kilos, eran fantasmas que vagaban por las calles y montones de basura buscando comida, pobres cuerpos devastados por las infecciones que esperaban morir en silencio, acurrucados en cualquier rincón pútrido. Quien las sacó de aquella noche en la que vivían –dicen todas ellas– fue «Auntie Rose». Pero ella, la “tía” Rose, dice que no, que no es asunto suyo.

 

LA BARBA DE DIOS. Lo cierto es que ella sí que hubiera querido curarlas a todas. Por eso había estudiado como enfermera y comadrona: para curar a quien sufre, y hacer que los niños nazcan bien. Pero luego las cosas empezaron a alejarse de sus generosas intenciones. «Los enfermos se dejaban, no querían tomar las medicinas que les daba. Los niños que yo quería salvar llevándolos a la escuela se quedaban melancólicos, parecía que preferían revolcarse en la basura. El primer día de hospital me desmayé al ver la sangre». Menudo papelón. Había ido a curar a los enfermos y moribundos, y habían sido estos precisamente quienes se habían agachado, quienes la habían consolado y le habían dado esperanza. Había sido ella la que había gozado de una inesperada ternura. Lo mismo le pasaba cuando iba a ver a don Giussani. «Cuando le veía –recuerda Rose– parecía que te estaba esperando desde siempre. Yo llegaba con la intención de exponerle todos mis problemas, pero al verlo los pensamientos enmarañados se me deshacían todos y no le decía nada. “Piensa”, me dijo don Giussani una vez, “¡aunque tú hubieras sido la única criatura del universo Dios habría venido igualmente a morir por ti! ¡Solo por ti!”. Dios toma alguien como yo que soy nada y lo salva. Que Dios hubiera venido a la tierra incluso solo por mí, es algo que me conmueve cada vez que lo pienso».

Lo cierto es que, después de aquella vez en el hospital, también para Rose comenzó otra historia. Imprevisible como una gracia nueva. Como el cielo de Kampala, donde la lluvia llega cuando menos te lo esperas.

 

LA LENGUA QUE TODOS ENTENDEMOS. El VIH es, también en Uganda, solo la última plaga llegada a este país para sembrar la muerte y el dolor en una población ya martirizada por la pobreza y las enfermedades, las guerras y las masacres, los políticos ávidos y el miedo a los espíritus malignos. También en Kampala, como en otras partes de África, son muchos los que desembarcan proponiendo su mercancía ético-espiritual para los males de este tiempo. Ya llegaron aquí también los expendedores de milagros: las sectas pentecostales han abierto en medio de las barriadas sus miracle centres, y sus victory churches, donde predicadores made in USA venden bien sus brujos posmodernos jugando con las esperanzas y los miedos de los pobres. Para ellos también el paraíso es cuestión de éxito, de capacidad, hay que adquirir la técnica, conocer la fórmula mágica para sacarle los milagros a Dios. Incluso transformándose en atletas del sufrimiento, números uno del sacrificio.

Rose no lo ve de este modo. No es el dolor lo que produce el bien. «Para los sabios y entendidos seremos africanos primitivos. Pero el corazón humano jamás quiere la muerte. También Jesús tuvo miedo. Dijo: aleja de mí este cáliz. Para alguien que sufre, el deseo más acuciante es ser liberado del mal. Que alguien le de la medicina para curarlo. El dolor y la muerte chocan siempre contra nuestra naturaleza». Y además no hay que ganarse a pulso las cosas de Dios. Vienen solas. Como las puestas de sol que de vez en cuando va a ver con sus amigas, desde una colina que hay en el camino que lleva a Entebbe: «Duran poco, pero son preciosas. El cielo se tiñe de todos los colores». O como los cantos de los Abruzos que ha oído a sus amigos italianos, y que le han gustado tanto que ahora los cantan en coro también los hijos de sus pacientes: “So’ sajutu aju Gran Sassu…” [Subí al Gran Sasso, me quedé enmudecido, pues parecía que paso a paso me acercaba al Infinito]. «Ahora –cuenta Rose– van a cantarlos también a las mujeres que trabajan en la cava. Éstas dejan por un momento los martillos y se ponen a escuchar las hermosas canciones de los Abruzos». Como los guaraníes de las misiones jesuíticas de Sudamérica, que cantaban los cantos latinos. Y no es necesario explicar nada. «Porque las cosas hermosas atraen por sí mismas. No necesitan traductores. El Misterio habla una lengua que todos entendemos».

 

PEDRO Y JUAN MEJOR QUE ÍCARO. Otra canción, el coro la canta en inglés: «No puedo andar», cantan los jóvenes amigos de Rose, «si no me llevan de la mano. La montaña es demasiado alta, el valle es muy profundo». William era todavía un niño cuando murió. Sus padres le habían transmitido la enfermedad. En los últimos años, solo pedía que Rose le agarrara la mano cuando le llegara la hora, porque no quería morir solo como había muerto su padre. «Siempre me asombró», dice Rose, «aquella vez que Jesús, delante de la madre apenada por la muerte de su único hijo, supo solo decirle: “Mujer, no llores”. Aquella reacción, en aquel momento, parecía casi un límite de su omnipotencia. Y, sin embargo, era él el primero que se había conmovido. Dios se conmueve con nosotros, se estremece de compasión más que cualquier padre». Quizá también esto tenga que ver con el hecho de que las amigas de Rose, en un momento dado, quisieron cambiar la imagen estampada en las camisetas del Meeting Point. «Yo había elegido el Ícaro de Matisse. Les había explicado qué era, y qué quería decir aquel puntito rojo que el artista le había dibujado en el lugar del corazón». El deseo de infinito, de volar hasta el sol… «Pero mis pacientes me dijeron que ellos no eran como Ícaro. No gritaban ni morían en el vacío, como él. Habían visto que un niño huérfano, incluso cuando juega, juega más atemorizado, con menos libertad y fantasía que los que tienen un padre y una madre. Yo respondí que era verdad. Pregunté qué nueva imagen sugerían. Y ellos dijeron: queremos la de Pedro y Juan acudiendo a la tumba de Cristo resucitado».

PERLAS DE PAPEL. Que Dios se conmovió con ellos se intuye también por cómo se conmueven las mujeres del Meeting Point con los niños que han perdido a sus padres. Dice Rose que «en Kireka nunca dicen: no tenemos nada de comer para nosotros, no podemos ayudar a los demás. Si algún pequeño se queda solo se lo rifan: ¡me quedo yo con él!, ¡no, me quedo yo!». Tampoco en Naguru, en el prado al lado de la iglesia de San Judas Tadeo donde se levanta la nave de madera que hospeda a otros pacientes del Meeting Point, se oyen grandes disertaciones. Nadie tiene ninguna lección que dar, nadie quiere hacer ver que sabe más que otros. Si tienen a la fuerza que hablar solo le dan las gracias a Rose por cosas elementales y muy concretas: las medicinas antirretrovirales que les da en la enfermería, la red de adopciones a distancia que creó en colaboración con los amigos de la AVSI para mandar a la escuela a los niños, las pequeñas sumas de microcrédito gracias a las cuales bastantes de ellas han puesto en pie pequeños negocios y han comprado utensilios y materiales para sus pequeñas manufacturas. Algunas recogen papel por las calles, lo cortan en tiras largas y finas que enrollan alrededor de una aguja, y con un poco de cola y de tinta construyen collares preciosos, que algún amigo ha conseguido colocar en las boutiques de superlujo de Milán. Y luego está Agnes, que ha vuelto a coser vestidos. Está Dorina, que escapó de la guerra del norte con sus tres hijos, que recuerda cuando recogían hierba y deshechos de la basura, y que ahora come bien, y se ve… Luego está Vicky, la guapa, que dice de sí misma sin rabia ni orgullo: «Si nunca habéis visto un milagro, aquí me tenéis a mí: porque estaba muerta y he vuelto a la vida». Por eso, cuando están juntas, se desmelenan cantando y bailando las danzas de los pueblos, ríen, se toman el pelo. Es su modo africanísimo de celebrar y dar gracias por ese contagio de una vida buena, de una vida salvada, que vence al sida, que les devuelve la vida. En sus escenificaciones improvisadas se burlan de la muerte que ya casi las había doblegado. Se enzarzan en desternillantes partidos de fútbol, y hay quien va a disfrutar con el espectáculo. La nave de ex moribundas se ha convertido en un punto de encuentro también para quienes se quieren divertir y vienen a beber un sorbito de alegría, después de una jornada de cansancio, en un lugar donde la vida es hermosa.

Ya son más de cuatro mil los pacientes y los niños a los que cuidan Rose y sus amigos del Meeting Point International. Todos le dan las gracias a ella, pero Rose dice que «aquí no hay jefes, si no estuviera yo la cosa seguiría adelante igualmente». Ahora es ella la que estaría toda la vida escuchando sus historias, mirando cómo se ayudan y se consuelan en las barracas de Kireka, sin darse pena, con la paz en el corazón. En definitiva, ahora son ellas las que siguen adelante, y ella deja que la lleven, tomándola de la mano. Como dice aquella otra canción que cantan siempre los muchachos: «Mira el cielo, que nos promete. Aunque el Traidor nos odia, tenemos la esperanza de llegar a casa. Mira esta tierra llena de dolor: lloramos pero somos fuertes, porque Jesús resurgirá y nos llevará a su casa». «Yo –dice Rose– sigo adelante a gatas, como los niños pequeños. Tengo mis limitaciones y cometo errores igual que antes, a veces peores. Pero que Dios venga igualmente, que me tome y me salve igualmente, que venga por mí, por mi nada, es algo que hace que me entren ganas de llorar. Yo no tengo nada para darte a Ti, pero si tu quieres tómame ».

 

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