Tres cursos de formación ética, ofrecidos en Internet por la “Escuela de Pensamiento y Creatividad”

La falta de una buena formación

 

Si preguntamos a jóvenes que han cursado estudios de ética en la enseñanza secundaria y universitaria qué función ejerce, por ejemplo, la mentira en el proceso de desarrollo humano, a menudo se quedan  perplejos. Manifiestan, con ello, que no saben cómo nos desarrollamos los seres humanos, cuáles son las exigencias de tal desarrollo, qué hemos de evitar para no destruirnos. No están preparados para orientar su vida con precisión y eficacia.

 

El agudo pensador Miguel de Unamuno confiesa en su Diario íntimo que es un enfermo de egoísmo, y añade: “Ya no volveré a gozar de alegría, lo preveo. Me queda la tristeza por lote mientras viva” (O. cit., Alianza Editorial, Madrid 1970, p. 123). ¿Cómo se explica que buscar el propio provecho de forma egoísta acabe dañándonos a nosotros mismos? ¿Nos sume el egoísmo en la tristeza por una especie de ley natural? Si un joven contesta con precisión a estas preguntas, demuestra saber qué actitudes nos ayudan a crecer como personas y qué otras bloquean nuestro crecimiento. Ese joven está básicamente formado; sabe cómo orientar su vida para llegar a plenitud. Lo ignora, en cambio, el que desconoce la relación que existe entre nuestras actitudes y nuestros sentimientos: por ejemplo, entre el egoísmo y la tristeza, la generosidad y la alegría. Esta laguna le impedirá prever qué va a ser de él cuando se comporte de tal o cual manera. No le será fácil orientarse debidamente en la vida y orientar a otros. 

 

A menudo observamos que conocidos periodistas se manifiestan contra la droga y organizan espectáculos para apoyar económicamente la reinserción de los drogadictos. Esta excelente labor la destruyen ellos mismos de raíz si, a través de sus medios de comunicación, difunden una mentalidad hedonista, que inspira la tendencia a las diferentes adicciones patológicas, que son formas de fascinación o vértigo. Estos profesionales de la comunicación tienen sin duda buena voluntad, pero no contribuyen a formar una opinión pública lúcida.

 

En la misma línea de desconcierto, hay quienes delatan el incremento actual de la violencia, pero practican el reduccionismo: reducen el amor personal a mera pasión, el deporte a pura competición, la libertad creativa a libertad de maniobra, libertad desgajada de los grandes valores, expresados a través de ciertas normas morales. Hoy sabemos por la investigación ética que tal forma de reduccionismo es la fuente de las distintas formas de violencia. Quienes lo ignoran no pueden ejercer la función de guías de sí mismos y de otras personas.

 

En los últimos tiempos, diversos gobiernos nacionales parecen haberse percatado de que estamos asomándonos a una peligrosa sima e intentan poner límite al proceso actual de deterioro en las costumbres. Como toda corrupción en el ser humano empieza por la corrupción de la mente -tergiversación de conceptos, manipulación de planteamientos, falsificación del lenguaje…-, tales dirigentes han promulgado leyes de educación encaminadas a conseguir que los niños y jóvenes aprendan a pensar bien, razonar con rigor, decidir con acierto, vivir de forma virtuosa. Podríamos pensar que nos hallamos en el recto camino hacia una renovación fecunda. Lamentablemente no es así, pues, a la hora de precisar la forma concreta de lograr tan loable propósito, exigen que los profesores se conviertan en “tutores” o “educadores” y “enseñen a los cursillistas valores y creatividad”. Esta medida no ha tenido la eficacia debida porque –entre otras razones- si ahondamos en la vida humana, advertimos que ni los valores ni la creatividad son susceptibles de ser “enseñados”; debe “descubrirlos” cada uno por sí mismo. La tarea del educador consiste en acercar a los cursillistas al área de irradiación de los valores, para que se dejen atraer por ellos y los asuman activamente en su vida. Se trata de una enseñanza socrática, consistente en “descubrir” las distintas fases del proceso humano de desarrollo. La fase decisiva se centra en torno a la experiencia básica del encuentro. 

 

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