Testimonio del Padre Aldo en el Meeting de Rimini

Testimonio del Padre Aldo en el Meeting de Rimini

YO DUERMO CON LA VIRGINIDAD

En el Meeting de Rímini encontramos a un niño que se fugó de su casa para ir al encuentro de Jesús, se dejó llevar por el ’68, fue alcanzado por el amor y agraciado con una depresión. Giussani ha hecho de él el esposo de la pureza y el padre de los olvidados.

Don Aldo Trento

Misionero de la fraternidad San Carlos Borromeo en Paraguay desde 1989. Don Aldo Trento tiene 62 años y es el párroco de la iglesia de San Rafael, en Asunción. Desde 2004 es el responsable de la clínica para enfermos terminales dedicada a san Ricardo de Panpuri. Este lugar alberga a pacientes que afrontan el final de su vida, enfermos de SIDA o de cáncer, personas abandonadas sin nadie que les cuide. El 2 de junio del presente año, el presidente de la República Italiana le ha otorgado el título de Caballero de la Orden de la Estrella de la solidaridad. El texto que publicamos a continuación es un discurso pronunciado en el Meeting de Rímini el jueves 28 de agosto, dentro del ciclo de encuentros titulados “Se puede vivir así”.

«Corazón maldito, ¿por qué palpitas?» dice Violeta Parra. Y dice también: «Gracias a la vida, que me ha dado tanto», para quitarse, poco después, la vida. ¿Por qué empiezo así? Porque querría rememorar las palabras de Giussani que me conmovieron hace muchos años: «Os deseo que nunca estéis tranquilos».

Julio de 2008, estoy con los bebés (a los que cuida en la casa de Paraguay y que le llaman “papá”, ndr) dándoles el biberón y llega Cristina, la mamá que me ayuda con los niños enfermos de SIDA o abandonados. Viene con las notas; les pongo en corro y se las leo (allí las notas van del uno al cinco): uno, uno, uno, uno… todos uno. Sonrío y les digo: «Os parecéis a vuestro padre, que siempre tuvo problemas con sus resultados escolares y no era bueno en nada. “Plácido se llamaba” y espera ser un santo. Pero estoy contento, porque en la vida lo difícil no es pasar del uno al cinco, sino pasar del cero al uno, y vosotros, de febrero a julio habéis pasado del cero al uno». Después le expliqué a mamá lo que quería decir. Bien, yo soy este niño de sesenta y dos años que, por pura gracia divina, ha llegado al dos. Por eso, más que hablaros de las obras, he escrito un homenaje a don Giussani, porque yo vivo de él: es él, es Dios, él está detrás de todo lo que podéis ver o leer.

«Padre Aldo –me dijo Giussani- ahora que te estás haciendo un hombre, he decidido mandarte de misión a Paraguay». «Pero, ¿cómo? Mi hermano piensa que lo mejor sería que ingresara en un psiquiátrico en Feltre, vista la gran depresión que estoy sufriendo; una enfermedad que me ha quitado las ganas de vivir, el gusto por la vida, que me hace que sea dificilísimo (aunque no imposible) mantener el nexo con la realidad. ¿Y tú me quieres mandar de misión?» Giussani me miró como Jesús miró con ternura al joven rico, a Zaqueo, a la Magdalena, a Mateo y me dijo: «Pues sí, te mando de misión, porque ahora es cuando estoy seguro de ti. Ve. Te sacarán el billete y yo te acompañaré a Linate con ella y sus tres hijos». Era mayo de 1989, estábamos en Riva del Garda. Pero, ¿qué había pasado antes para que ahora sucediera esto, para que Giussani me tomara las manos y me dijera aquellas palabras?

A los siete años sentí con claridad la llamada a ser enteramente de Jesús. Hace cincuenta años, el 28 de julio de 1958, abandoné a mi familia, a la que no pedí permiso, sino que simplemente puse al corriente de mi decisión, y haciendo autostop me subí a un tractor que me llevó al seminario. Mi madre me miraba desencajada e incrédula desde su ventana y lloraba, y yo le decía: «Mamá, ¿vendrás a verme?» mientras el tractor se alejaba lentamente, conduciéndome a un destino del que solo tenía una certeza: Jesús me quería todo para él. Muchos años después comprendí que esto se llamaba virginidad, que es la belleza, el estupor, la capacidad de conmoverse con la realidad, la paternidad, la plenitud afectiva.

En el seminario viví años difíciles, bellos e intensos. Finalmente, imbuido por el ambiente contestatario del ’68, me ordené sacerdote en 1971. Dudaba de mi admisión. Era totalmente de Cristo, pero la insatisfacción, el deseo de un mundo nuevo, la inquietud provocada por un vacío existencial y socialmente poco interesante, me llevaron a simpatizar con el Movimiento Obrero. Poco a poco, la ideología trataba de llenar aquel vacío, pero la desidia asomaba ya la cabeza entre las fibras de mi corazón y se manifestaba en forma de rebelión. Me enviaron a Salerno, a acompañar a los hijos de los presos, para ver si entraba en vereda, en lo políticamente correcto, como diríamos hoy. Estando allí, un día, cuatro chicos de Battipaglia cambiaron mi vida. Yo había participado en la preparación de una huelga contra el imperialismo del Vietnam y, en lugar de religión, enseñaba la teoría de Paolo Freire. Aquellos chicos me dijeron: «Profesor, así no cambiará el mundo. El mundo cambiará solo si usted cambia y usted cambiará si se deja amar por Jesús». Desconcertado por aquel comentario, una posibilidad de vida nueva apareció en mi horizonte: podía tomar en serio mi humanidad, sin miedo, sin censuras. Pero las cosas se precipitaron y mis superiores me mandaron al norte, cerca de donde vivía mi madre, queriendo ver la posibilidad de que sucediera un milagro en mi vida. Así que me establecí en Feltre, provincia de Belluno. Continuaba viviendo una guerra interior entre la ideología y el vacío existencial, la pregunta sobre el sentido de la vida y una terrible aridez afectiva, porque el corazón se había petrificado. Entonces se decía (y yo lo había aprendido de memoria) que: «Lo privado no existe, solo cuenta lo político». Fueron dos años durísimos en los que solo aquella chispa que se había encendido en Salerno me daba una frágil esperanza.

Pero crecía mi desesperación, hasta que un día, un amigo me invitó a una asamblea con don Giussani. Recuerdo que subió al escenario una joven y bella muchacha, que se había quedado viuda con tres hijos pequeños. Testimonió su drama y su fe dentro de lo que la estaba sucediendo. Aquello me removió por dentro y desde aquel enero del ’87 no tuve ya paz. Estaba fascinado. Una fascinación que al cabo de unos meses se convirtió en un profundo afecto. Me parecía estar soñando. Pero dadas nuestras recíprocas condiciones de vida todo acabó en una desesperación que me llevó rápidamente a la depresión que ya nunca me abandonará. Por aquel entonces me asusté, porque no podía creer que mi humanidad fuera un compendio de deseos, de aspiraciones de infinito, de amar y ser amado, de belleza y de justicia y al mismo tiempo, de celos y de posesividad. Pero ¿qué podía hacer? El grito, porque lo único humano es el grito, me hizo mendigo, mendigo de una relación que me hiciese comprender que aquel afecto no solo era algo incompatible con mi sacerdocio, sino que era también el camino necesario para gustar la belleza de la virginidad, la posesión sin poseer que podía vencer aquel vacío afectivo que durante años había tratado de llenar la ideología. Y así fue como el 25 de marzo de 1988, de rodillas y llorando, me presenté ante Giussani. Me acogió como él sabía hacer, porque en su corazón había sitio para cada uno, como si fuera el único. Me abrazó, me dejó llorar, me “dio los caramelos” después de un largo tiempo de sollozos y me dijo: «¡Qué maravilla, ahora por fin empiezas a ser un hombre! Lo que estás viviendo es una gracia para ti, para ella, para sus hijos, para el movimiento y para la Iglesia. Ve y llévales un huevo de Pascua».

A partir de ese día y hasta el día de su muerte estuvo a mi lado. Cuando iba a salir de su habitación de Milán me detuvo y me dijo:«Sería estupendo que este verano alguien te hiciera compañía». Le miré y le contesté: «Pero Giussani, ¿dónde encontraría yo un hombre, un cura dispuesto a pasar el verano con un desquiciado, un obseso, con todo lo que tienen que hacer?» Me miró fijamente, como Jesús: «Está bien, te llevaré conmigo». Durante dos meses, hasta que me fui a Paraguay, me tuvo consigo, pagándome todo y encargándose de transferirme desde mi primera congregación a la Fraternidad San Carlos. Don Massimo Camisasca (rector de la Fraternidad sacerdotal San Carlos Borromeo, ndr) vio que llegaba a sus manos este loco, este pobre hombre, que no era bueno en nada, y me acogió. «Tomar en serio la propia humanidad sin censurarla –dice Giussani en Huellas de experiencia cristiana- es el camino necesario para que vuelva a suceder el encuentro con Cristo». ¡Pero qué terrible, que bella es la propia humanidad, tan frágil, tan pobre y al mismo tiempo tan grande! Tenía miedo de mi yo. No pensaba que el ser humano fuese una miscelánea de cosas tan bellas y desesperadas, que fuese a la vez ironía y desesperación. Y así, para que no perdiera lo que amaba, me acompañó al aeropuerto y quiso que viniese también aquel signo sacramental del amor divino con sus tres hijos. Recuerdo cuando, con los ojos enrojecidos, en la acera de Linate, viéndola sufrir, le dije a Giussani: «¿Qué va a ser de ella?» La miró y le dijo: «Te espero en el próximo retiro del Grupo Adulto (el Grupo Adulto, o Memres Domini, es una asociación que reúne a las personas de Comunión y Liberación que han decidido vivir una total dedicación a Dios, tomando como forma de vida la virtud que la Iglesia llama virginidad, ndr)».

Era el día de la Natividad de la Virgen cuando llegué a Paraguay. Pasó un año y el 15 de octubre, día del cumpleaños de Gius, me llamó él por teléfono: «Padre Aldo, llámala y dile que el directivo del Grupo Adulto ha decidido acogerla en su seno». No conseguí ni siquiera desearle un feliz cumpleaños por la conmoción que sentía, porque me sobrepasaba tanta ternura y tanta humanidad. ¿No podía hacerlo él, decírselo él? ¿Por qué se preocupaba de que fuera yo el que se lo dijera, estando a doce mil kilómetros de distancia? Solo un hombre como él podía ser capaz de amar así. Desde aquel día pasaron unos quince largos años, en los que la compañía del padre Alberto, continuidad visible de la compañía de don Gius, fue lo único que impidió que terminara con mi vida, que se había vuelto insoportable ya que cada día se agudizaba mi depresión, y me hizo comprender algo esencial para la vida: que solo un gran amor, un gran dolor, dentro de una fuerte y tierna amistad, por frágil que sea, hacen de un yo un hombre, es decir, un padre. El padre Alberto vivió durante diez años haciendo compañía a un desesperado, que se debatía entre la percepción de que es posible amar y ser amado y la crueldad de la vida que le amenazaba. Pero la realidad, lo propiamente humano de cada uno, nunca es enemigo del yo, ni siquiera cuando te das cuenta de que lo desprecias. Porque os garantizo que es terrible tomar en serio la propia humanidad. Porque lo único que puedes hacer es gritar, mendigar, abandonarte, como no he dejado de gritar desde que tenía siete años. Y así, un buen día, Dios, la realidad, me despojó también de la compañía de Alberto y me quedé solo. Solo con mi drama, con mi desgana por la vida, con mi cansancio. El único sonsuelo, desde aquel momento, será la eucaristía que celebro, ahora como párroco y señor de todo.

Desde la distancia, Alberto y Monseñor Pezzi me guían cada día: «¡Aldo, levanta el corazón!». La claridad del destino, a pesar de la confusión de la mente y la ausencia de toda emotividad; la percepción de la distancia como condición del “ya”, de una posible plenitud afectiva, la única que hace que un hombre sea hombre; la posibilidad de amar virilmente a la que Dios me había puesto en el camino como inicio de un cambio: todo esto es la virginidad y es lo que ha dado origen a esta pequeña ciudad de la caridad que, en compañía de Paolino y Ettore, se ha convertido en la comunidad de San Rafael, en Paraguay. La virginidad, o sea la caridad, es la plenitud hoy, es como el alba del yo al que se le da la gracia de experimentar ahora lo que un joven que se enamora dice, lleno de ternura, a su chica: «Tuyo para siempre, te querré siempre». En el fondo somos realistas, Camus tenía razón cuando ponía en boca de Calígula aquellas palabras: «Quiero la luna». O cuando Carl Marx escribía a su mujer: «Lo que hace de mí un hombre es mi amor por ti y el tuyo por mí». Se ama, se es padre, solo si eres amado, a través de todas las bellas, dramáticas e irónicas fallas de lo humano. Yo vivo haciendo compañía al hombre que grita, ya sea pequeño, joven o enfermo terminal. Todo lo que ha nacido ha sido creado por Dios, mediante este pobre hombre, ha sido querido por Él para que yo pueda hacer con todos lo que Giussani ha hecho conmigo: compañía. Por eso, la primera vez que vi un cadáver por la calle, lo llevé a casa y lo lavé. Y así cada día. He recogido a los moribundos, a los abandonados, a los putrefactos de las fabelas. Y Dios ha querido crear este conjunto de obras que hoy cuentan con más de cien personas que trabajan, con un sueldo, y centenares de voluntarios. El hombre sano, bello o putrefacto no necesita consejos, sino alguien que lo tome de la mano. Tomar en serio el grito que somos. Confiar en quien Dios nos pone en el camino para indicarnos el destino. Acoger el sacrificio, el dolor, no como una enfermedad, sino como una gracia.

Me acuerdo de un editorial que publiqué en un semanal hace muchos años, en Paraguay. Era en el Oservatore della settimana: «Le depresión no es una enfermedad, es una gracia». Un senador muy conocido, tras hacerme buscado, se acerca a mí. Quería suicidarse y este editorial le había cambiado la vida. A partir de entonces se convierte en otro hombre. Preside la comisión Bicameral. Consigue incluir todas nuestras obras en los presupuestos gubernamentales. De este modo, un gobierno del tercer mundo aplica por primera vez un artículo en el que sostiene, financiando con mil millones, doscientos cincuenta mil dórales, una obra que nace de una realidad que, ciertamente, no ha apoyado al gobierno actual. Es algo impresionante. Como todo lo que viene después. La depresión no es una enfermedad, es una gracia, porque te “exfolia” totalmente. Hoy la llaman enfermedad, pero hubo un tiempo en que la llamaban purificación, noche oscura del alma, camino posible a la santidad: para mí, aún es así. Por eso hoy recojo incluso a los locos. Hace años me daban miedo, porque me veía un posible candidato a ser uno de ellos. Hoy les miro con ironía y me río con ellos, porque incluso en su locura, he visto que en todos ellos existe un mínimo de libertad. Porque yo he experimentado que si esto no fuese verdad, no existiría Dios, porque no existiría el hombre. El hombre es libre incluso cuando pierde la razón. Tengo esa certeza porque lo he vivido en mi propia carne.

Quería decir que el dolor es realmente una gracia que te permite estar contento, porque te permite amar, te permite vivir la virginidad, que es la única, real y concreta vocación del hombre: la plenitud del yo. Porque, ¿qué es la virginidad? El yo que vive su cumplimiento como posibilidad ya en este mundo, como posibilidad afectiva. Gracias, Jesús, por tanto amor, por tanto dolor que me permites vivir cada día. Abrazado a ti en la cruz para poder decir a todos: «Te quiero para la eternidad, tal y como soy, amado por ti, Jesús». Verdaderamente se ha cumplido aquella promesa. A los sesenta y dos años soy un hombre contento, entrando en un cumplimiento que me hace mirar la muerte con serenidad. He acompañado a morir a más de quinientas personas en cuatro años. Todas han muerto con una sonrisa en los labios. Me he convertido en padre de decenas de niños que no tienen a nadie y me llaman papá: «Papá, ¿cuándo vuelves?, ¿por qué te vas?». Los acuesto por la noche, los levanto por la mañana y los acompaño al colegio. En mí se ha cumplido, se está cumpliendo la profecía de Giussani: «Es una gracia para ti». También para ella, porque es una mujer contenta; para sus hijos (dos consagrados y uno casado, todos dentro del movimiento). Creo que la experiencia que vivo res un ejemplo para la Iglesia. Yo vivo por ello. En Paraguay hay hoy un gobierno socialista, cuyo vicepresidente, aun conociendo la guerra que hemos dado para que no saliera vencedor este gobierno, me ha preguntado: «Padre, ¿puedo venir los lunes a las seis a rezar laudes contigo?». Y desde su nombramiento, el 15 de agosto, todos los lunes por la mañana el vicepresidente reza laudes conmigo y hacemos juntos un rato de adoración. Un milagro inesperado. Ha nacido un partido transversal para los temas referentes a la vida, a los pobres. Porque incluso dentro de esta condición impensable del socialismo del siglo XXI que quiere vaciar de Cristo al cristianismo, uno debe trabajar con inteligencia, con amor, con Cristo, partiendo de Dios. Hasta el obispo presidente le ha dicho al nuncio: «Yo respeto al padre Aldo y a los de su Fraternidad. Porque viendo lo que sucede allí no se pueden tomar represalias, ya que es algo que desearíamos que sucediese en todo Paraguay».

Gracias, y rezad por mí.

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